sábado 14 de julio de 2007

Pulp Science Fiction

Era una de esas veladas de computador, navegando por la web y pastoreando las descargas del Pando y el eMule, cuando por el maravilloso azar de los clicks di con un artículo sobre las películas de Quentin Tarantino. Aunque las he visto casi todas, no las tengo disponibles en CDs ni DVDs (ni siquiera en el disco duro), así que me puse a bajar algunas de ellas, empezando, desde luego, por Reservoir Dogs.

Después de tipear las palabras Pulp Fiction y apretar el botón de búsqueda del eMule, dediqué unos segundos a escoger la fuente de la que descargar la película, y me llamó la atención un pequeño archivo PDF de menos de 1 Mb de peso, titulado Pulp Science Fiction. Auspiciado por la fantástica inmediatez de la vida moderna, lo tuve en mi poder en menos de 3 días (sí, es una barbaridad esperar 3 días por un archivo de 980 kb, pero cuando el número de fuentes es 1 no hay mucho que se pueda hacer al respecto).

Una vez descargado, abrí el archivo y empecé a leer. Me gustaría decir que no paré hasta terminarlo, pero no soy un gran lector de pantalla, así que me tomó poco más de una semana acabarlo, a razón de un capítulo por día (son 11 capítulos).

El título de la novela (casi un cuento, si uno se guía por la extensión) no es un accidente. Al igual que la película cuasihomónima de Tarantino (o al igual que cualquiera de las películas de A.G. Iñárritu), el libro está dividido en episodios que narran lo que le sucede a distintas personas que no se conocen, pero que se encuentran y desencuentran sobre un trasfondo de ciencia ficción liviana. Pero a diferencia de Pulp Fiction y de otras novelas-río como El Martillo de Lucifer (Larry Niven y Jerry Pournelle) o La Canción de Hielo y Fuego (G.R.R. Martin), Pulp Science Fiction además es breve y sus capítulos son autoconclusivos. No hay retrocesos temporales en la narración, y una vez que un personaje muere no volvemos a saber de él, sino que pasamos a otro inmediatamente. Por ejemplo, en el primer capítulo, cuyo protagonista es un anciano empresario llamado Gustave Derling (GUS), se nombra de pasada a un oficinista llamado Nikola Tirma (NIK), que luego aparece en el capítulo tres y que tiene prisionera a una joven tailandesa llamada Phailin Som (LIN), que es protagonista del capítulo ocho.

La trama avanza rápidamente, con violencia abundante pero no gratuita, dibujando un escenario terrible y decadente al estilo zombie.

El trasfondo de la novela es una invasión extraterrestre, similar a la de La Guerra de los Mundos. La llegada de los marcianos ocurre en el primer capítulo, y en el tercero la civilización humana prácticamente ha desaparecido. Estos capítulos, los de la mitad, son para mi gusto los mejores, porque siempre me ha gustado el tema: el tipo común y corriente que se convierte en un sobreviviente, la crueldad desnuda y la belleza cruda de los instintos naturales, la vida como una continua lucha entre sensaciones y significado. Los finales abruptos y tristes.

Pulp Science Fiction está lleno de finales abruptos y tristes. Pero es una tristeza dulce, generalmente, como la muerte anunciada de un amigo que ha tenido una vida plena y que sólo deja buenos recuerdos.

Uno de mis episodios favoritos tiene como protagonista a un hombre llamado Nik Tirma. Lo traduje lo mejor que pude (el libro está en inglés) y aquí pongo la mitad del mismo, para que lo lea quien quiera. No creo estar quebrantando ninguna ley, porque Pulp Science Fiction no tiene copyright.

Es decir, el archivo que yo bajé no tiene copyright, ni portada (la imagen al principio de esta crítica la saqué de Google y es de otra novela con el mismo título) ni introducción, sólo título y autor, que por cierto no he nombrado. El padre de este pequeño apocalipsis se llama Gary Strauss.

No sé si es el nombre real o un pseudónimo, porque en Google salen varios tipos con ese nombre y aunque no los he investigado a todos, ninguno se jacta de haber escrito este libro. Es posible que sea simplemente una novela amateur, o un fan-fiction de algo que no conozco, o un e-book pirateado, o una obra libremente distribuida (el socialismo de internet se extiende por momentos, pese a la pensapol de Microsoft y Apple).

Eso. Acá está la primera mitad del tercer capítulo, traducido por menda para todos los lerendas:
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Pulp Science Fiction (NIK)

Nik sabía que ya iba siendo hora de salir a cazar algo. Los restos del último saqueo eran un triste recordatorio de lo mal que estaban las cosas. Entre él y la mujer que mantenía encadenada en la habitación del segundo piso, ya habían repasado tres o cuatro veces todas las bolsas, las latas y las botellas recolectadas en las casas vecinas durante la última semana.
Nik odiaba salir de la casa. No le asustaba tanto ser atrapado y comido vivo por las arañas como regresar y encontrar su casa invadida por algún otro sobreviviente. Era una buena casa, espaciosa y resistente, cómoda y bien ubicada. Era fácil defenderla contra un saqueador solitario como él mismo. Si alguien más llegaba en su ausencia y se declaraba nuevo propietario de la mansión, Nik no tendría otra opción que alejarse con el rabo entre las piernas. Tal vez incluso dormir a la intemperie por algunos días. Además, estaba la mujer. Encontrar compañía era muy difícil. Encontrar compañía del sexo opuesto, atractiva y manejable, era casi imposible. Si la chica se ponía a gritar cuando él saliera a buscar alimento, como ya había hecho anteriormente, podía llamar la atención de cualquiera de la media docena de sobrevivientes con que compartía aquella parte de la ciudad. Tendría que amordazarla, lo que con seguridad la enfurecería, levantando otra barrera entre ellos y dificultando aún más los deseos de Nik de entablar una relación amistosa con ella. Más allá de la primera noche que habían pasado juntos, Nik no había logrado disfrutar del sexo tanto como hubiera querido. Estaba claro que ella lo despreciaba, tomándolo como una violación. Pero Nik era el que traía la comida, arriesgando el cuello cada vez que salía a recorrer las calles grises llenas de escombros. Ella no hacía nada, sólo pasaba los días dando vueltas en su habitación como un perro, leyendo o pretendiendo leer los libros que él encontraba en las casas abandonadas. A Nik le hubiera gustado poder liberarla. Ella podría defender la casa mientras él cazaba, y luego preparar un estofado caliente con la carne de las ratas y los gatos, o unos muslos de paloma asados. Después le leería una novela junto al fuego, aunque él no entendería una sola palabra. Al anochecer irían a acostarse, y ella gemiría de placer en vez de apartar la mirada y apretar los labios mientras él la penetraba. Ojalá hubiera podido confiar en ella. Pero sabía muy bien que si la soltaba, la muchacha huiría y atraería el peligro. Muy posiblemente trataría de matarlo ella misma. Era mejor no arriesgarse por el momento.
Subió al segundo piso con cuidado. Abrió la puerta de la habitación y esquivó expertamente la patada que la mujer le lanzó al rostro. Después de forcejear un rato, consiguió inmovilizarla en el suelo. Le ató las manos lo más suavemente que pudo sin comprometer la integridad de los nudos, y luego la amordazó, teniendo cuidado de no perder un dedo entre los hermosos y afilados dientes de la joven. Nik le calculaba unos 25 años. No hablaba su idioma, así que no sabía mucho de ella.
- Volveré pronto -le dijo-. No intentes nada estúpido, ¿de acuerdo?
La chica le echó una mirada furiosa. Una mirada de ésas hubiera sido suficiente para matar una rata de dos kilos, y Nik volvió a evaluar la posibilidad de llevarla con él. Pero luego se pasó la lengua por la dentadura y notó un par de huecos recientes, recuerdos de una pelea especialmente intensa, y decidió que mejor no.
Bajó al primer piso y se dispuso a salir. Afuera estaba lloviendo, lo que era bueno por una parte, porque no habría que preocuparse de las arañas, pero era malo por otra, porque aumentaba las posibilidades de toparse con otros saqueadores. Cualquiera que hubiese sobrevivido tanto tiempo habría aprendido una o dos cosas sobre los extraterrestres. Dos de las más importantes eran éstas: el fuego no les hacía ningún daño, y detestaban el agua.

Salió empuñando la katana como si fuera un bate de baseball. En realidad era poco más que un tubo de hierro aplastado. La había comprado en un local chino o koreano, no podía recordarlo. No era una espada sagrada capaz de cortar limpiamente los cuerpos apilados de tres o cuatro prisioneros. No tenía ninguna inscripción, ni había sido forjada como una katana de verdad. Era sólo una larga y oxidada hoja que de todas formas tenía punta y pesaba lo suficiente para intimidar a quien quiera que se acercara demasiado.
También llevaba un casco de motociclista. Le impedía un poco la visión, pero no tanto como la lluvia, y además le daba una ligera sensación de seguridad. No estaba seguro de si el casco detendría la bala de un francotirador, pero era mejor que ir por ahí con la cabeza al descubierto.
El resto del equipo era el usual. Vestía el uniforme de campaña que le había quitado al cadáver de un militar. Lo mejor eran las botas, totalmente impermeables y con suelas todoterreno, aunque le quedaban un poco grandes y había tenido que ponerse tres pares de calcetines para mantenerlas en su sitio. Llevaba un cuchillo de monte, unos alicates, guantes para la nieve, una caja de fósforos, una linterna, unas cuantas pilas medio agotadas, una botella de 2 litros llena con agua de lluvia recién recolectada, ocho metros de cuerda de escalada y un botiquín bastante patético consistente en un rollo de gasa, algo de algodón, un poco de alcohol, aguja e hilo.
Por último, bien enfundada bajo la chaqueta, podía sentir el peso reconfortante y peligroso de una beretta, en cuyo vientre quedaban aún siete relucientes y hambrientas balas de 9 mm.
Además de la casa y la mujer, y una caja de herramientas oculta en la inservible nevera, lo que llevaba encima era todo el patrimonio de Nik Tirma. Lo había cosechado pacientemente a lo largo de los siete meses que habían transcurrido desde la llegada de las arañas. Primero, mientras la gente saqueaba los supermercados y el ejército combatía a los invasores, Nik había robado las tiendas de caza, pesca y deportes. Eso le había permitido apañárselas bien durante las primeras semanas, oculto en los bosques y los campos de sembradío mientras el combate se concentraba en las ciudades. Luego los sobrevivientes empezaron a abandonar sus casas para huir a las afueras, y Nik aprovechó el momento para regresar a las calles de la ciudad y revisar las ferreterías y las farmacias. En aquellos primeros días todavía podía encontrarse algo de comida fresca si uno buscaba bien. Vegetal, casi todo. La carne sólo empezó a abundar cuando las ratas y los perros se agruparon para llevar a cabo su propia, sangrienta y vengativa invasión.
A veces Nik encontraba el cadáver fresco de otra persona, o incluso un moribundo deshauciado. Pero pese a la adversidad, todavía no se había convertido en un caníbal. Pensaba que el día en que se acabara la comida en la ciudad volvería al campo, donde sin duda encontrar un lugar seco y caliente sería más complicado, pero donde podría encontrar árboles frutales, huevos y tal vez incluso alguna vaca. Después de todo, las arañas no parecían atacar deliberadamente a los animales, así que debía de haber un montón de vacas, ovejas, cerdos y caballos sueltos, listos para ser desollados, trozados y cocinados.

Uno de los peores problemas de combinar el hambre con la soledad es que uno se pierde en ensoñaciones estúpidas. Nik a menudo podía pasar horas pensando en la manera adecuada de despellejar una vaca, o en el apropiado mantenimiento del rifle necesario para matarla de un solo tiro, o dónde conseguir una mira telescópica o un silenciador, o cómo almacenar 500 kilos de bovino y evitar la descomposición. Eran pensamientos estúpidos porque Nik no había visto una vaca de verdad en meses, ni tenía un rifle ni sabía nada sobre la conservación de los alimentos.
Ponerse a pensar cuando uno está sentado en la oscuridad, protegido por cuatro gruesas paredes y dos resistentes techos, no es algo que Nik se reprocharía. Pero ponerse a soñar despierto mientras merodeas entre las ruinas de una ciudad abandonada, buscando una comida que puede saltarte al cuello en cualquier momento, y tratando de evitar toparte con alguien tan nervioso y desconfiado como tú...
Nik notó el movimiento demasiado tarde. Si lo hubieran atacado con un pedazo de cañería o un bate de madera, el casco hubiera amortiguado el golpe lo suficiente para permitirle contratacar o, al menos, defenderse. Pero usaron la parte posterior de un hacha bastante grande, así que lo mejor que pudo hacer el casco fue romperse como un huevo y evitar que a la cabeza de Nik le pasara lo mismo. Pese a todo, Nik cayó inconsciente entre los escombros.
Cuando despertó, dos horas más tarde, estaba en calzoncillos. Una rata del tamaño de un canguro lo estaba mirando, evaluando la dificultad que podría presentar matarlo sin ayuda. Nik estaba seguro de que lo atacaría. Buscó entre la suciedad hasta que sus dedos aferraron algo con forma de garrote, y lo alzó a modo de advertencia. La rata pareció hacer una mueca de desconcierto, como si dijera "¿de verdad pretendes asustarme con eso?". "Eso" era parte del eje delantero de un Citröen. El monstruoso roedor dio dos pasos y quedó a un metro de Nik, que no sabía si estaba tiritando de frío o de miedo. Seguramente era por ambas razones.
No tenía realmente miedo de la rata. La rata moriría en el duelo o escaparía sin un rasguño. Seguía siendo sólo un animal horriblemente feo y grotescamente enorme. El problema era que no había modo alguno de tratar la infección que podría provocarle una mordida o un rasguño. Aquellos dientes amarillos serían sin duda la causa de una muerte lenta y estúpida, provocada por la rabia, la gangrena o cualquier otra tonta enfermedad tercermundista. En aquel momento, claro, todo el planeta era tercermundista.
La rata, sin embargo, justo antes de saltar y hundir sus afilados incisivos en la carne de Nik, levantó la cabeza y husmeó el aire. Luego echó una última mirada de desprecio al hombre que hubiera sido la cena de su manada, y huyó saltando entre las montañas de basura. Nik sabía que eso significaba que las cosas acababan de empeorar.