sábado 1 de septiembre de 2007

La Deserción

El 20 de noviembre de 1805, según el calendario juliano, tuvo lugar la batalla de Austerlitz, una de las victorias más famosas de Napoleón, que había sido coronado emperador exactamente un año antes.

Ese conocimiento se lo debo a Guerra y Paz, de Tolstoi, y podría decirse que la frase representa el pináculo de mi acervo histórico, compuesto básicamente por fechas robadas a Wikipedia y/o apenas recordadas de la época colegial, ideas estereotípicas sobre la vida en la Edad Media recopiladas en base a la lectura de El Nombre de la Rosa (U. Eco), Rescate en el Tiempo (M. Crichton), Los Pilares de la Tierra (K. Follett), El Libro del Día del Juicio Final (C. Willis) y diversos manuales y artículos de rol, escenas varias de películas sobre la Segunda Guerra Mundial y pequeños bocadillos de datos muy precisos y jugosos provenientes de todos los rincones y géneros del multiverso (e.g. el cómic From Hell, la serie animada Érase una vez el hombre, las novelas de Robert Graves...).

En otras palabras, soy un autodidacta, y uno no muy bueno, bastante olvidadizo y caprichoso. Nunca he podido interesarme en la época colonial sudamericana, por ejemplo, mientras que la época del Japón feudal me resulta muy atractiva, por esa deformación profesional otaku mía.

Pero más allá de mis preferencias o prejuicios, hace ya un par de años que el periodo renacentista-barroco-industrial-victoriano* aparece en casi todo lo que leo y veo, en detrimento de lo precristiano y lo contemporáneo (lo futurista siempre abunda). El sabor de la aventura y el afán por desentrañar los misterios de la naturaleza, mucho más numerosos y evidentes que los de hoy en día, están presentes tanto en La Isla del Día de Antes como en la biografía de Lawrence de Arabia, pasando por The Heart of Darkness (J. Conrad), Luces del Norte (P. Pullman), la serie 1602 de Marvel y varios programas del History Channel y el Discovery, motivados sin duda alguna por el éxito del infame best-seller de Dan Brown, sin olvidar a la mejor y más inconmensurable obra de todas, El Ciclo Barroco (N. Stephenson). Vamos, hasta en Chile tenemos una Segunda Enciclopedia de Tlön, que no me he leído (ni tengo demasiadas intenciones de hacerlo) pero que tengo entendido que trata más o menos de lo mismo.

Obviamente, por cada libro que consigo leer, por gusto, azar u obligación, hay cincuenta más que nunca llegarán a mis manos. Lo que en realidad debería agradecer, porque de esos cincuenta la mitad será basura esóterica, como poco. Pero habrá también algunas buenas novelas, como la que se supone que estoy metacriticando en este preciso instante.

Pues bien, vamos a ello.

Si no fuera porque tengo muchos amigos y familiares** en el Viejo Mundo, difícilmente hubiera leído La Deserción. Porque pese a las apariencias, el autor es español (Soren Alicar es sólo un pseudónimo) y la Editorial Satélite es bastante pequeña y localista, lo que implica que el autor probablemente corre con parte del costo de la publicación.

El caso es que un amigo valenciano que no sabe mucho de ciencia ficción me trajo unos cuantos libros de la sección de fantasía de la fnac, y entre ellos estaba el primer tomo de la saga La Música de las Esferas.

Quien sea que la haya catalogado en esa sección lo hizo muy bien, porque La Deserción no es ciencia ficción. Ni siquiera es una ucronía con elementos fantásticos, como El Sistema del Mundo. Es derechamente fantasía histórica al más puro estilo Full Metal Alchemist.

El argumento de fondo no es un secreto, y queda más o menos claro antes del tercer capítulo:

Para empezar, Dios existe. No sólo Dios, claro, el Diablo también. Y hay ángeles y arcángeles y almas inmortales, demonios, archidemonios y almas condenadas. Toda una jerarquía de seres sobrenaturales sujeta a una burocracia estricta y compleja basada en las virtudes, los vicios y los planos de la Divina Comedia de Dante (que graciosa no era, por cierto). La idea es similar a la del cómic Fables, excepto que se concentra en la mitología judeocristiana más que en la tradición pagana y los cuentos de los hermanos Grimm.

El Sistema Solar es, de la manera más literal posible, el Reino de los Cielos, donde cada planeta representa una de las virtudes cristianas de Dante y está habitado por diferentes castas celestiales. El trono de Dios, por ejemplo, se encuentra en Saturno, planeta relacionado con los conceptos de la contemplación y la beatitud, mientras que Júpiter (Pensamiento, Justicia) se hallan los tribunales donde se decide el destino de los muertos. En Marte, por supuesto, se entrenan las huestes de ángeles, preparándose eternamente para la Batalla Final contra el Ejército de las Tinieblas , y Mercurio es un paraíso nada metafísico, donde las almas de quienes ganaron el premio de la vida eterna pueden disfrutar del calor del sol y pasear por jardines inmarchitables. El Diablo y sus demonios, en tanto, abarrotan el interior del planeta Tierra (el Reino Infernal, o Subterra), que está dividio en capas como una cebolla.

La interacción ángeles y demonios es muy limitada, y generalmente se lleva a cabo en terreno neutro, es decir, la capa más superficial de la Tierra. En la Luna hay instalada una fortaleza angelical, una especie de aduana que controla el ingreso de ángeles y arcángeles con misiones específicas, dirige la salida de las almas y evita el escape de los demonios.

La humanidad desde luego no sospecha lo más mínimo, y vive en la dulce y cínica ignorancia nacionalista de mediados del siglo XIX.

Es en este escenario lleno de leyes, intrigas y secretos que transcurre la trama, cuyo protagonista, al menos en esta primera parte de lo que parece tener intenciones de ser una saga de seis o siete libros, es el ángel Manael.

Harto de ser básicamente un oficinista glorificado, y deseoso de conocer los aspectos más pasionales y menos predecibles de la existencia, Manael idea un plan para escapar del reglamentadísimo Reino de los Cielos y adoptar una nueva identidad humana. Su trabajo en el Departamento de Justicia, en Júpiter, le facilita las cosas, pero aún así requiere la ayuda de otros ángeles y, peor aún, algunos demonios. El grupo completo está compuesto por los burócratas celestiales Manael y Lagash, el soldado angelical Temir, los demonios Álastor y Anansi (este último perteneciente al Octavo Círculo del Infierno, y por tanto experto en el engaño) y el alma inmortal de Oliver Cromwell, que está bastante decepcionado del Cielo después de haberlo compartido por 200 años con antiguos musulmanes, budistas, judíos y hasta ateos.

La idea es transferir sus esencias a cuerpos humanos "deshabitados" o "cóncavos", con lo que se refieren a cadáveres recientes o pacientes psiquiátricos respectivamente, utilizando previamente sus privilegios angelicales y demoniacos para borrar los datos de estos cuerpos de todos los registros, y dificultar así el rastreo y captura de los mismos.

No es cosa de destripar aquí toda la novela, así que me guardo los detalles, pero no creo que sorprenda a nadie decir que Anansi se las arregla para joder bastante jodidos a los ángeles (y a Cromwell). De hecho así comienza la historia, con Manael ocupando el cuerpo equivocado y convirtiéndose en asesino en menos de cinco minutos. Los primeros párrafos del primer capítulo:

"Cuando abrió los ojos en un cuerpo que no era el suyo, supo que había funcionado.

Sin embargo, cuando echó un vistazo a su alrededor supo que algo había salido mal.

Estaba desnudo, tendido de espaldas sobre una mesa de hierro. A un lado había una mesa más pequeña cubierta por un mantel blanco, y sobre la tela descansaban pinzas y cuchillos de diferentes tamaños, brocas de aspecto amenazador y una sierra para cortar hueso. Un par de mesas más allá, fuera del círculo de luz aceitosa que arrojaba una bombilla sobre la mesa de disección, un cadáver exponía sus vísceras al frío y la oscuridad.

Manael se levantó torpemente, combatiendo contra la gravedad terrestre y la rigidez de los tendones y músculos reanimados. El color de la piel fue pasando del blanco azulado de la muerte a un rosado amanecer más saludable. Se preguntó dónde habrían ido a parar sus compañeros, o si él habría sido el único en entrar a un cuerpo equivocado."


Eso.

La novela es buena. Está llena de simbología pero no se sustenta en una falsa sensación de misterio. Tiene sus momentos detectivescos, claro, y alguna revelación impactante y tal, pero en general es una obra de fantasía clásica, con un protagonista, una búsqueda, una división moral del mundo muy clara (el Bien es, aunque no lo crean, la Humanidad, y el Mal está representado por la tiranía divina y la crueldad demoniaca) y un final abierto, para poder perpetuar la saga.

En los próximos tomos, si los hay (porque con las autoediciones nunca se sabe, ¿y además qué pasa si el autor se muere antes?), no me extrañaría que: a) Manael, u otro de los "chicos buenos", se enamorara, b) uno de los mencionados "chicos buenos" muriera heroicamente, y c) hubiera un combate masivo entre ángeles y demonios, estilo Juicio Final... Toda saga de fantasía que se precie necesita un combate masivo final.

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* Que es un periodo enorme que comprende casi medio milenio, vale, pero que puede aglutinarse en una idea bastante general de "desarrollo exponencial"... ¿desarrollo exponencial de qué, preguntan? Pues de todo, artes, técnica, filosofía...
** Ojo, que la mayoría de mis familiares son también mis amigos.

1 comentarios:

cabellosdefuego dijo...

yo encontré la ciencia ficción en el período colonial chileno - incluso antes, en las cartas de los conquistadores.
jajaja... ay, sí. cosas muy locas, como animales que se alimentan de aire porque a los ojos de Fernández de Oviedo tenía la boca muy chica como para q le cupiera la comida.
Ña! cuida a las ratitas!