jueves 25 de octubre de 2007

Antichthon

Hace unos 2400 años, un griego con nombre de perro subió los primeros peldaños de la escalera cósmica que luego irían trepando Aristarco, Copérnico y el mísmisimo semidiós Isaac Newton. Por aquel entonces ya se había descartado buena parte de las ideas astronómico-astrológicas presocráticas y no quedaban muchas dudas respecto a la esfericidad de la Tierra, aunque fuera cosa más de estética pitagórica que de física, pero la mitad de la gente que se interesaba en estos asuntos todavía creía en un modelo cosmológico geocéntrico, y seguirían defendiéndolo por varios siglos.

Filolao de Crotona, que pese al nombre no formaba parte de la escuela cínica de Diógenes, fue el primero en proponer (o el primero en escribirlo, al menos) la existencia de un Fuego Central alrededor del cual giran la Tierra y el resto de los cuerpos celestes.

Por supuesto, estos tipos tenían que trabajar con lo que tenían: instrumentos primitivos y mentes brillantes, con lo que no es raro que surgieran cientos de teorías increíblemente ingeniosas y totalmente erróneas, que a un par de milenios de distancia pueden parecer ridículas e incluso estúpidas, pero es fácil llenarse la boca cuando uno tiene wikipedia al alcance de un click.

Una de las ingeniosas y erróneas teorías de Filolao era la de la Contra-Tierra, una suerte de contrapeso orbital para nuestro planeta, en una época en que la fuerza de gravedad no era ni siquiera un fantasma impreciso en la cabeza de Aristóteles. La Contra-Tierra era básicamente un planeta idéntico a la Tierra, aunque opuesto en todo sentido, orbitando alrededor del Fuego Central universal en el mismo plano terrestre, pero a un diámetro de distancia.

No tengo que decir que semejante teoría es el material del que se alimenta el monstruo de la ciencia ficción, y la base del subgénero de las dimensiones paralelas que tanto nos gusta por estos lados. El ejemplo más obvio es la película Doppelgänger (Journey to the Far Side of the Sun, 1969), y uno de los más famosos la saga de las Crónicas de Gor, por John Norman, aunque mi versión favorita de la idea es la Terra Obscura que aparece en los números 11 y 12 de la serie Tom Strong, del genio entre los genios.

Evidentemente, no habría empleado tantos párrafos introductorios hablando del tema si la posible existencia de la Contra-Tierra no fuera también la espina dorsal de la novela Antichthon.

Antichthon -o sea, Contratierra en griego- forma parte de la antología Robert Adams' Book of Alternate Worlds, una recopilación de novelas, novelettes y cuentos coeditada por Franklin Robert Adams (más conocido por su extensísima saga postapocalíptica The Horseclans), Pamela Crippen Adams y Martin H. Greenberg, y publicada en 1987. La novela en sí fue escrita por Martin C. Prey en 1961, y en la mencionada antología se encuentra embutida entre una novela corta de L. Sprague de Camp, donde irónicamente aparece un conocido filósofo griego que ridiculizó las ideas de Filolao (Aristotle and the Gun, 1958), y un cuento de Larry Niven sobre licántropos y cronopaseos (There's a Wolf in My Time Machine, 1971).

El argumento de la novela es el siguiente:

Una vez que la NASA y su contrapartida europea EUROSEC (European Space Exploration Council, en 1961 aún no existía la ESA) descubren la existencia de un planeta orbitando el lado opuesto del Sol, se prepara una misión angloamericana al mismo, a bordo de un cohete llamado Sunflower. Los tripulantes son un astrofísico inglés de nombre Ian Hendry ("el científico") y un astronauta yanki llamado Roy Thinnes ("el muchacho", "el héroe", etc).

Los primeros capítulos describen el arduo entrenamiento al que deben someterse ambos valientes, lo que permite al lector conocer mejor a los protagonistas y encariñarse con ellos. No es algo fácil con el Coronel Thinnes, que es un redneck de mierda, pero pese a su machismo-racismo-chauvinismo no resulta repugnante, sobretodo porque es una de esas personas que dicen una cosa y hacen otra, y aunque todo lo que diga sea una imbecilidad, sus actos son nobles, heroicos y desinteresados la mayoría de las veces (siendo la excepción aquellos momentos en que trata de impresionar a las damas).

Ian Hendry en tanto es sin duda el personaje más interesante de la novela. Es un tipo culto y flemático, un inglés estereotípico en casi todos los aspectos, excepto porque, sin ser adicto, ingiere psicotrópicos con asiduidad, utilizando a menudo las drogas como potenciadores de sus capacidades cognitivas. Digamos que con "las puertas de la percepción" completamente abiertas, Hendry puede acceder con mayor facilidad a los secretos del universo y desarrollar nuevas y desconcertantes teorías.

Por supuesto, una buena parte de la narración tiene que ver con Hendry tratando de mantener oculta su afición por el LSD y la mescalina, porque si alguien se entera, lo sacarían de inmediato de la misión. Aquí Roy demuestra ser un tipo simpático y un buen camarada, ayudando a su compañero en más de una ocasión.

En fin, una vez que se suben al Sunflower, el tono de la novela cambia completamente, pasando de un estilo ligero y lleno de diálogos a uno más descriptivo y, diría yo, siniestro.

Ian y Roy entran en un estado de hibernación asistida, enchufados a un par de máquinas HLK (Heart-Lung-Kidney), por lo que no recordarán nada del viaje más allá de los primeros minutos. Cosa que, evidentemente, será un problema.

Cuando despiertan, varias semanas más tarde según el reloj del cohete, entran en la órbita de la Contra-Tierra y hacen un análisis superficial del planeta, descubriendo que la atmósfera es respirable, pero no hay señales de vida. Por supuesto, deciden aterrizar (o "acontraterrizar"), y para ello se trasladan a una pequeña lanzadera que sale del cohete y se dejan caer hacia Antichthon.

Como es de esperar, pierden el control de la nave y terminan estrellándose en el mar... ¡pero no hay de qué preocuparse! Porque pronto son rescatados por un vehículo de la NASA.

Chan chan chaaaaaaaan.

Y aquí es donde el estilo de la novela vuelve a dar un giro, adquiriendo un tono paranoide similar al de los mejores tiempos de Dick (que en 1961 todavía estaban por llegar).

Porque la cuestión fundamental es descubrir si los astronautas han llegado a un nuevo planeta donde todo es absolutamente igual a su planeta nativo, o simplemente han regresado a la misma superficie que los vio despegar semanas antes.

Las autoridades de la NASA y la EUROSEC parecen creer esto último, y acusan a Ian y Roy de haber abandonado la misión, encerrándolos para un posterior juicio. Los protagonistas en cambio están seguros de encontrarse en Contra-Tierra, hipótesis apoyada por ciertos cambios minúsculos e insignificantes.

El problema, claro, es que dado el historial farmacológico de Ian Hendry, muchos de estos cambios podrían ser ilusiones o incluso alucinanciones.

Por su parte, Roy nota que en este ¿nuevo? mundo, todo esta al revés: lo que estaba a la izquierda, ahora está a la derecha. Y dado que Thinnes y Hendry están aislados, no pueden comparar versiones, así que el lector se va impregnando poco a poco de esta paranoia, creyendo cada vez más a los astronautas y convenciéndose de la existencia de este planeta antiorbital (y preguntándose qué habrá pasado con los astronautas de la Contra-Tierra, y si estarán pasando por la misma situación en la Tierra).

Es sólo en el último capítulo, una vez que el cuerpo de Roy Thinnes descansa sobre la mesa de autopsias, que nos enteramos del daño neurológico sufrido por el norteamericano en la accidentada entrada a la contra-atmósfera. El daño en el lóbulo parietal y la dislexia concomitante son la causa de que haya estado confundiendo izquierda y derecha.

Y Hendry... bien, la novela termina con Hendry en una celda acolchada, seguro de estar en Antichthon y no en la Tierra, escuchando voces y pensando en su esposa e hijos como alienígenas conspirativos.

Semejante final resultaría devastador (no por ello malo, que conste), porque barre con toda la hipótesis fantástica para convertir el asunto en un relato sobre una misión malograda y sus desafortunados participantes, si no fuera porque en el último párrafo Patrick Wymark, director de EUROSEC, da una conferencia de prensa donde explica a la opinión pública lo ocurrido:

" (...) perdimos contacto con el cohete Tournesol durante más de 17 días, pero finalmente regresó a la Tierra sin haber completado su misión."

Cohete Tournesol. No cohete Sunflower.

Ahora, puede ser un error, nada más, lo admito. Pero es un detalle demasiado importante para la novela, así que lo dudo. Es la guinda del pastel para todos los lectores que estuvieron pensando en una Contra-Tierra durante más de 70 páginas. Además, ¿qué sentido tendría incluir una simple historia de equivocaciones en una antología titulada ALTERNATE WORLDS?

Mientras no encuentre otra edición de la novela, me quedaré con este desenlace, que si somos rigurosos no es tan sorprendente, pero sí muy satisfactorio. En definitiva, una obra interesante y cinematográfica, bien escrita, con toques de humor, algo de acción, giros argumentales y, desde luego, ciencia ficción (aderezada con ciencia de la otra).